
Dar y recibir cariño podría parecer algo sencillo en apariencia, sin embargo, en el camino de la libertad emocional todos tenemos obstáculos y barreras que superar. Algunas de esas barreras hunden sus raíces en la más tierna infancia, en concreto, el desarrollo de la personalidad tiene sus cimientos en los primeros años de vida a través de la educación recibida en la familia, en el colegio, la integración con los compañeros de colegio…
Aunque habitualmente, asociamos el sentimiento de los celos en los niños hacia el hermano recién nacido, hay también una edad en la que van dirigidos a otras figuras: los padres.
Esta es una sensación que todas las madres tenemos cuando miramos a los pequeños, que ellos saben perfectamente lo que nos pasa, y este estudio me da la razón. La investigación fue llevada a cabo en el Reino Unido y mediante él se analizaron el cerebro de 21 bebés de entre 3 y 7 meses de edad utilizando resonancias magnéticas cuando dormían, y vieron la forma en que reaccionaban a sonidos de diferente naturaleza.
Uno de los puntos más positivos de la infancia es que cualquier niño, en general, se muestra totalmente receptivo al aprendizaje. Esta es una de las razones por las que en la actualidad, los más pequeños de la casa aprenden otros idiomas a edades que anteriormente era poco habitual. Pues bien, en este sentido, el Portal de Inteligencia Emocional es un punto de encuentro y de referencia para el diálogo sobre temas humanos. Este mes, destaca una entrevista realizada a Auria Gómez Galcerán que estudió magisterio y pedagogía pero además, también es especialista en educación Waldorf. Trabaja como maestra de educación infantil y también, es especialista en el ámbito literario, en concreto, explica qué libros son recomendables para peques en la editorial ING.
Seguimos hablando de los errores más comunes en los que caemos cuando se trata de la educación emocional de nuestros hijos.
Cuando tienes un hijo, no hay madre en el mundo que no experimente una especie de enamoramiento hacia su pequeño. Hay madres que lo hacen en el preciso instante en el que le ven la cabecita; otras que desde el momento en el que lo empiezan a sentir en su barriga; y hay quien tarda más tiempo pero al final cae en esa red a los pocos meses de vida de su retoño.
Traer un hijo al mundo no sólo implica estar pendiente de su salud, su crecimiento, crearle buenos hábitos, cuidarle y mimarle ante las adversidades y procurarle una educación con la que, el día de mañana, pueda defenderse y vivir dignamente frente a la vorágine del mundo. También, aunque muchas veces no le prestamos demasiada atención, debemos ser cuidadores de sus emociones y, para poderlo hacer bien, lo mejor es acompañarlos en ellas.